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Este pasado fin de semana ha supuesto el mi regreso a la ficción. Casi seis años sin dirigir nada propio, desde Mendigo en Llamas, que además fue un corto muy sencillo pensado para Notodofilmfest. Así que volver a dirigir actores sobre un guión dramático estupendo de mi amigo Rafa Martín, ha tenido una dosis extra de nervios y emoción.

Y es que tanto Antonio como yo llevamos mucho tiempo trabajando a un ritmo en el que algo tan elemental como la preproducción suele escasear y la intención del trabajo final se improvisa en la misma grabación y se remata en montaje. Volver a tener la posibilidad de planificar bien, de narrar en imágenes, de que cada plano esté destinado a contar algo, ha sido como volver a montar en bici después de un siglo sin hacerlo. Y encima con libertad absoluta, sin un cliente final al que satisfacer, rodeado de amigos, actores estupendos y cacharricos nuevos por probar. Eso sí, con la losa que uno mismo se pone encima porque quieres que cada proyecto, más aún si es personal, sea mejor y emocione más que los anteriores.

Aunque aún nos queda parte del rodaje por acometer, una parte muy distinta, debo decir que me he visto mucho más suelto de lo que imaginaba. Quizás, después de todo, tantos años de trabajo vinculados a la moda, improvisando y buscando lo estético sobre la marcha, y a la vez viendo y escribiendo sobre cine en Las Horas Perdidas, no hayan caído en saco roto y hayan permitido una agilidad suficiente como para solventar un rodaje en el que hemos tirado entre 20 y 30 planos por día, que es una locura, y encima con un rodaje esencialmente nocturno, que añade un plus de agotamiento y atocinamiento mental.

Espero que en pocos meses tengamos ya el resultado final para poder enseñároslo y que éste merezca la pena y esté a la altura del trabajo de todo el equipo, que ha sido maravilloso, empezando por mi socio Antonio, que ha hecho magia con la luz.